Mi abuelo está internado en el Bocalandro desde hace una semana. Para irlo a cuidar en estos días se estuvieron turnando entre mi vieja y mi tía. Cuando llega el viernes y vuelvo al barrio, veo que mi vieja no da más; de día en el laburo; de noche cuidándolo a mi abuelo; tiene ojeras, habla en voz baja, casi no escucha. Así que agarro y le digo que se quede, que esta noche al Bocalandro voy yo.
¿Seguro?, me dice, mirá que es muy aburrido. Sí, má, de paso aprovecho para estudiar.
Este gesto de generosidad me sorprende más a mí que a ella. Debe ser que no me siento bien de ánimos, que necesito sentirme útil para alguien.
Mi vieja me lleva en su coche hasta el hospital y después entra conmigo por la puerta de la guardia y me acompaña a la sala donde está internado mi abuelo. Se llama Jorge, y lo encuentro acostado en la cama, flaco, muy chupado. Como si los órganos le hubieran chupado desde adentro la grasa, los músculos, la piel. Se le notan las venas y los huesos. En la sábana, a la altura de la panza, hay dos manchas coloradas.
Jorge, le digo cuando me acerco, y lo abrazo. Es la primera vez que lo veo después de la operación. Antes no había podido ir a verlo, porque vivo lejos. Él me dice: Así que hoy te quedás vos. Sí, le contesto, mirando la silla de plástico donde me va a tocar pasar la noche. Hoy me vas a tener que bancar a mí, Jorge, le sonrío.
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Mi vieja me da algunas indicaciones antes de irse. Me deja una botella de agua, un paquete de galletitas, y me dice: Estate atento a que no le sangre la herida. Después me da un beso en la puerta y me mira: Cualquier cosa que pase, me llamás; cualquier cosa que en cinco minutos llego, ¿está bien? Sí, le digo. Y mi vieja se va, y yo la miro unos segundos, mientras ella se empieza a achicar, a desaparecer entre la gente que va y viene por el pasillo.
Me siento en la silla de plástico, a un costado de la cama de Jorge. ¿Lo viste al partido de Boca?, es lo primero que me pregunta. Casi no se le entiende lo que dice. Yo me tengo que acercar, poner el oído a un costado de su cara: ¿Qué? Si lo viste al partido de Boca. Le contesto que sí. Que empatamos. Empatamos, Jorge. Un desastre atrás. Nos cabeceó un petisito, en un corner. ¿Pero acá no lo pudiste ver?
Le señalo un televisor de catorce pulgadas, colgado encima de la puerta. No anda, me dice Jorge. Entonces tampoco pudiste ver las minitas de Tinelli. Tampoco, me dice, ni una sola.
La enfermera entra a la sala. Entra y el aire espeso y quieto de la sala se remueve como si hubiera entrado un aluvión. Es una morocha inmensa, redonda; pero con todo bien puesto en su lugar. Dos esferas gigantes le inflan el uniforme celeste. Tiene un arito encima de la boca, como un lunar de metal. Tiene patillas, también. Pero está dulcísima. Se acerca a mi abuelo y le habla como una madre al nene, mientras le cambia el suero.
¿Que cómo estás, precioso?, ¿te duele algo?, ¿la venda bien? Perfecto, le dice mi abuelo, estoy para salir a pasear.
Después la enfermera me señala: ¿Y este bombón, mi vida? Es mi nieto, le contesta Jorge, ¿viste qué pinta? Un muñeco, me guiña un ojo la enfermera, salió igualito al abuelo.
No bien termina de hacer sus deberes la chica se me acerca. No debe tener ni veintidós años, pero cuando se me para enfrente yo me abatato todo. Mucho gusto, bonito, me llamo Romina, me encanta que vengas a cuidar a tu abuelo. Gracias, le contesto yo, traje una botella de agua.
Mi respuesta por un segundo la descoloca, pero después se da cuenta de que no tengo idea de lo que estoy diciendo, y me muestra sus encías rosadas. ¿Y vos cómo te llamás? Cristián. Cristián, mirá vos, me dice: Tenías cara de Cristián.
Romina se da vuelta y empieza a levantar sus cosas de la cama. Bueno, muñeco, yo voy a estar al fondo del pasillo, a la izquierda; cualquier cosa que necesite tu abuelo te acercás y me buscás. Dale, le digo yo.
Pero ella se apura en aclarar: Quiero decir, cualquier cosa que necesiten ustedes: Él o vos.
Romina se da vuelta y camina con sus cosas hasta la cama de al lado. Hay un viejo, ahí, de unos setenta años, más o menos. Está de última. Tiene toda la panza vendada; casi no se puede mover. Pero Romina le habla al oído y lo hace sonreír, y recién ahí, cuando sonríe, cuando se ve un gesto en su cara de piedra, el viejo cobra una existencia más deforme, más real. Antes nada más había sido una cosa oscura apoyada en la cama de sábanas blancas.
Te despertaste, pibe, le dice mi abuelo. El otro viejo mueve un poco la cabeza, mientras la enfermera le cambia el suero. No estaba durmiendo, Jorgito, le contesta: Estaba pensando.
Mi abuelo se larga a reír, y a mí me tranquiliza ver esa risa, por más que dure tan poco.
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Contra la pared de enfrente de la sala hay otras dos camas. Una está vacía. Solamente hay un colchón deshilachado, con una mancha inmensa encima, como si le hubieran volcado un balde de pintura bordó. En la otra, hay un tipo de unos cuarenta años, tirado de costado, escuchando la radio. Romina se va después de revisarlo a él.
Jorge, le toco un hombro a mi abuelo, ¿todo bien? Yo lo veo que parpadea muy lento, y que cuando se le levantan los párpados tiene los ojos en blanco.
El viejo de la cama de al lado me tranquiliza. Es el suero, me dice, enseguida se le va a pasar.
Le pregunto cómo se llama y me contesta: Horacio. Lo operaron el martes por una pancreatitis. Me tendría que haber ido antes de ayer, pero se me infectó la herida. Igual que a Jorge, le digo. Sí, me contesta, igual que a tu abuelo.
Me cuenta que está jubilado, pero que trabajó toda su vida en una carpintería de por acá, en Loma Hermosa. Yo pongo la silla de plástico entre la cama de él y la de Jorge, y estando más cerca puedo verle las manos, bien rugosas, más que arrugadas, como de un cartón reseco. En una le falta un dedo. Horacio me pregunta que qué hago yo, y yo le cuento que trabajo en una editorial, de corrector. Corrijo textos de abogados y contadores, le explico, cuando veo que no me sigue. Y no bien se lo digo, no puedo evitar sentirme un poco humillado.
Pero él me contesta: Bien. Habrás estudiado mucho. Sí, levanto los hombros yo: No tenía otra cosa que hacer.
Nos quedamos callados unos segundos. Por la puerta abierta se ve la gente que pasa, enfermeras, doctores, camillas, algunos al trote. Entonces Horacio levanta una mano con mucho esfuerzo, veo cómo aprieta la boca, mientras la levanta, y se la pasa por el pecho, encima de la venda. Se rasca y después me mira, y yo lo miro a él. Oíme, me dice, ¿es tu abuelo, este don? Sí, le contesto. ¿Entonces por qué le decís Jorge?
Yo miro a un costado. Jorge está durmiendo.
Pasa que cuando éramos chicos él no quería que le digamos abuelo, le contesto, ni yo ni mis hermanos, decía que lo hacía sentirse viejo. Ah, cabecea Horacio. Por eso, le digo, desde pibes le decimos Jorge y ya nos quedó la costumbre. Pero por mucho tiempo me pregunté lo mismo que vos, por qué no le decía abuelo, y un día se lo pregunté a mi vieja y ella me contó eso que te digo, que fue porque él desde chicos nos enseñó a decirle Jorge.
Me agacho en la silla de plástico, con los brazos en las rodillas.
Pasa que después mi vieja nos contó que él estaba arrepentido, que cuando pasó el tiempo le empezaron a dar ganas de que le digamos abuelo. Pero yo ya no podía. Yo ya estaba acostumbrado a decirle así. Creo que ahora decirle abuelo me daría mucha vergüenza. Creo que más que nada no le digo abuelo por vergüenza.
Cuando levanto la mirada del piso, Horacio tiene los ojos cerrados. Miro a un costado. Jorge también. Pero el otro tipo, el que escuchaba la radio en la cama de enfrente, tiene los ojos abiertos y me mira.
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Acomodo la silla de plástico donde estaba, del otro lado de la cama de Jorge, y me pongo a leer. Mi vieja siempre me dice que soy un intelectual, lo dice con orgullo, a toda mi familia le gusta que lea. Yo asumí ese rol con comodidad, el rol vacante que había en la familia, el del lector, porque leer siempre fue algo que disfruté. Conozco nombres y palabras que nadie en mi casa conoce. Todos saben que me gustan los libros y también el cine y visitar de vez en cuando museos.
Me acuerdo una tarde, yo almorzando en la casa de mis abuelos, creo que tenía veinte años. Estaba descubriendo el mundo del arte y del pensamiento, y en la tele, mientras comíamos, apareció un tipo cincuentón, con lentes, que había escrito un libro de autoayuda que había conseguido ser best seller. Se vendían un montón de libros suyos por todos lados y le hicieron una entrevista. El tipo empezó a dar enseñanzas, a repartir conceptos claros de lo que pensaba. Dijo algo de la culpa, que ahora no me acuerdo con exactitud, algo como que la clave para superar un conflicto es hacer a un lado la culpa; pero no me lo acuerdo con las palabras exactas. El concepto era bastante bueno, sencillo de entender, mucho más amplio que lo que retomo ahora; incluso puedo decir que en ese momento me llegó, me gustó la claridad y firmeza con que se expresaba el tipo.
Pero el rol del intelectual, el que yo decidí asumir en mi familia, es exigente. Es demandante. Uno tiene que hacerle entender al otro que lo que da respuestas fáciles sin decirle nada nuevo al mundo es sencillamente basura.
Este tipo no dice nada nuevo, dije, con el pedacito de milanesa pinchado en el tenedor; este tipo lo que hace es venderle a la gente respuestas ya masticadas. Mi abuela me dio la razón con un gesto sin convicción: Es verdad.
Jorge, en cambio, se quedó callado unos segundos y después se rascó la frente con el meñique. Pasa que para los que no estudian, dijo, enderezándose en la silla, escuchar esto está bueno.
Para los que no pueden estudiar, dijo mi abuelo después, sin dejar de mirar la tele, está bueno escuchar las cosas explicadas con sencillez.
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El libro que tenía en las manos me gustaba, pero no podía seguirlo. Cada dos o tres hojas me daba cuenta de que no lo estaba leyendo, sino más bien mirando, y tenía que retroceder para entender cómo es que había llegado al punto en que me había vuelto a concentrar. Un personaje estaba caminando; de golpe aparecía lisiado. Y lo que pasó de un punto al otro, ¿qué? ¿Corte publicitario? ¿Salto a otro link?
Pero después, cuando quise releer el fragmento para encontrar la causa de lo que al personaje le había pasado, me distrajo el ruido de Jorge moviéndose en la cama. Giró la cara y me vio ahí, sentado a un costado de él, con el libro abierto encima de las piernas. Se le notaba en los ojos que no me reconocía. Era una mirada de bebé, la mirada curiosa de esas cosas todas blandas que buscan darle forma a lo que miran. ¿Todo bien, Jorge?, le pregunté, ¿necesitás algo?
Pero él arrugó la frente y gimió casi sin fuerzas. Levantó una mano y la bajó hasta la altura de la panza, donde tenía la venda. Lo habían operado un poco más abajo de la zona abdominal, en el bajo vientre. No podía toser ni levantarse por su propia cuenta; si no empezaban a removérsele los músculos cosidos. Me duele, me dijo, mordiendo las palabras. Era un balbuceo, en realidad, el que soltaba; pero se le entendía lo que decía por los gestos. Me duele.
Yo me asusté. Jorge un rato antes me había contado lo del día anterior.
Lo del jueves.
El jueves supuestamente a Jorge iban darle el alta. El médico lo había revisado el miércoles y le había dicho que todo iba muy bien. Muy bien, caballero, para mañana si dios quiere se va para su casa.
Pero el jueves a la madrugada a mi abuelo le había empezado a arder la herida de una manera que no podía soportar. Llamó a la enfermera de turno; dos médicos vinieron un rato después. Le miraron la herida y descubrieron que estaba llena de pus. Los médicos le dijeron que era culpa del medicamento. Eran pibes de treinta y pico de años, me contó Jorge. Y le dijeron que la infección debía ser por el medicamento, porque a todos los que operaban siempre se les infectaba la herida. ¿Y por qué no cambian el medicamento?, le pregunté. Jorge me contestó que lo mismo les preguntó a los médicos. ¿Y qué te dijeron? Que era lo que había, me dijo Jorge. Y la puta que los parió.
Jorge me contó que se le había infectado la herida, y que los médicos decidieron limpiársela ahí nomás. Me dijeron que iba a ser un minuto, que me iba a doler un poco. Uno entonces le sacó la venda y agarró un bisturí y le abrió la herida de un tajo. La sangre empezó a chorrear. Sangre roja, viscosa, que se le caía a los costados de la panza a Jorge, y manchaba toda la cama. El otro médico corrió la sangre con un algodón y cuando la hemorragia se fue amansando metió los dedos en la herida y empezó a limpiarle el pus amarillento con las manos.
¿Te dolió?, le pregunté a Jorge. Puf, me contestó él, gritaba como un chancho.
Me contó que empezó a revolear los brazos para todos lados, pero que el médico que sostenía el bisturí lo miró a los ojos con cara de nada y le señaló el bisturí que tenía metido adentro de su herida: No te muevas, tío, si me empujás te puedo cortar. El otro mientras tanto seguía metiendo los dedos en la carne, sacando la masa de pus que la infección había hecho crecer entre los puntos.
¿Así que gritaste como un chancho?, le pregunté. Sí, me contestó Jorge, pero me la aguanté como un hombre.
Después, cuando ya le habían terminado la limpieza, el dolor le siguió picando durante horas. Y lo peor es que no me podía rascar, miraba el techo y era solamente esa mierda que me ardía en el estómago, me decía Jorge.
Al rato entró una enfermera y yo le pregunté por qué no me habían dado anestesia. Se lo pregunté y ella me contestó sonriendo: No te íbamos a anestesiar por eso, si era una pavada. Ella seguro que me dijo así porque la limpieza no se la hicieron a ella, me contaba Jorge, pero igual yo no le dije nada. A ver si se pensaba que soy un maricón.
Así que por el tema de la infección a Jorge no le dieron el alta el jueves, y cuando ese viernes a la noche, con todo lo que ya le había pasado, empezó a decirme, gimiendo desde la cama, me duele, me duele, yo entendí que no estaba exagerando.
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Me levanté y le dije a Jorge ya vengo, esperame un minuto que enseguida traigo a la enfermera para acá, y salí de la sala y fui a buscar a Romina por donde ella me había dicho. Seguí de largo por el pasillo y la llamé en la oficina de la izquierda. Pero nada. Eran las dos de la mañana y las luces estaban apagadas adentro de la oficina, y no se veía a nadie cerca como para poder preguntar.
Empecé a trotar por los pasillos vacíos. De vez en cuando paraba en las puertas abiertas y miraba para adentro, a ver si encontraba a alguna enfermera o a algún doctor, pero por lo general veía teles diminutas prendidas sin volumen, y enfermos durmiendo, con botellas de plástico vacías en las mesitas de luz, o si no ojos, ojos abiertos en la oscuridad azulada que me miraban un segundo cuando yo me asomaba a la puerta pero que después, cuando se daban cuenta de que yo tenía nada que decir, ninguna novedad que darles, volvían a perderse en las pantallas de las teles o en los techos o en las ventanas.
Me sentía adentro de una cárcel con la puerta de la salida abierta. Un preso buscando la salida adentro de una cárcel sin fin. Trotaba y trotaba y empezaba a silbarme el corazón, y sentía gusto a sangre en la boca, pero igual seguía trotando como si alguien me estuviera persiguiendo, a la luz de los focos titilantes, por esos pasillos con olor a formol.
Hasta que en una de las puertas me crucé con una vieja. De rulos desteñidos. Tenía puestos unos tacos rojos y una minifalda verde que le cortaba la circulación. Estoy buscando una enfermera, ¿no sabés dónde puede haber una? Ella levantó las cejas. ¿Una enfermera, hermoso, a esta hora de un viernes? Me dijo: Olvidate. Esto los finde es tierra de nadie.
Después se dio vuelta y me miró de reojo: Pero si buscás alguien que te cuide veníte conmigo, me dijo. Salí que te espero acá en la esquina del hospital.
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Estuve un rato buscando las escaleras. Pero no había caso. Por todas partes había flechas que decían "salida", pero cuando las seguía siempre iba a parar a puertas trabadas con llave. Al final entré a un ascensor "exclusivo para camillas", según el cartel que había pegado a la puerta, y bajé. Y de ahí fui corriendo a la guardia.
Mi abuelo se siente mal, le dije a una de las enfermeras que había atrás del mostrador. Estoy buscando a alguien para que lo vea, le duele mucho la herida, creo que se le volvió a infectar. Hablé apurado, casi sin modular, y la enfermera me miró como mirándose un dedo raspado: ¿Qué? Mi abuelo está internado por una operación, insistí yo, le duele la herida y no encuentro a nadie que lo vea. ¿Está internado?, pero esto es la guardia; vos tenés que hablar con la gente de arriba. Sí, ya sé, pero arriba no hay nadie. La enfermera negó con la cabeza. Buscá bien, mirá todo el trabajo que tenemos acá.
Y me señaló la sala atrás mío.
Yo no quise mirar. Ya había visto la fila de gente parada, de mal humor, con problemas que no tenían nada que ver con los míos. Pero a él lo operaron acá, le contesté yo, y arriba no hay nadie. No pude seguir explicándole la situación porque en ese momento me agarraron del hombro. Era un gordo de barba, con cara de dormido. Flaco, me dijo, ¿es de tu papá el hospital?
Yo miré a un costado del gordo para no mirarlo a la cara, y en las sillas de la guardia había de todo, gente durmiendo, gente sangrando, algunos con fiebre, otros con bollos en la cara. Subí, me dijo la enfermera, subí y fijate bien arriba; a alguien vas a tener que encontrar.
Y yo ya me iba a dar vuelta para decirle que no, que no me iba a ir arriba porque arriba no hay nadie, cuando la puerta de la guardia se abrió de un golpazo.
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Entraron dos pibes. Debían tener quince, dieciséis años. Uno estaba inconsciente, y el otro lo arrastraba por el piso, sosteniéndolo de los brazos, y no paraba de gritar. Pasó empujando a todo el mundo, y recién ahí, cuando se acercó al mostrador, vi que tenía un chumbo apretado en la mano.
Yo retrocedí enseguida; todo el mundo retrocedió, como en una ola expansiva. Las enfermeras se acurrucaron atrás del mostrador, y el pibe se acercó y golpeó la mesa con el mango del chumbo y les empezó a gritar que lo atendieran al amigo porque si no las iba a cagar a tiros. Una de las enfermeras se había puesto pálida, la palidez la hacía parecer una nena, y el pibe la apuntó con el arma. Qué esperás, puta, le dijo, andá a buscar al doctor. La enfermera se levantó como para salir, pero en el camino se llevó por delante una silla, y la otra enfermera tuvo que ayudarla a levantarse y después salieron las dos juntas por una puerta, y no bien salieron el pibe bajó el arma, lo soltó al amigo en el piso, y se puso a llorar.
Lloraba como un nene. Moqueba, sollozaba, tenía un ocho dibujado en la boca. Lloraba dando vueltas alrededor del amigo, golpeándose la pierna con el mango del chumbo, y en una paró de llorar para sacar un pucho y prenderlo, y después siguió llorando al mismo tiempo que fumaba, con la boca y los ojos llenos de humo. De vez en cuando levantaba la cara y nos miraba a los que estábamos del otro lado de la sala, pero no nos prestaba atención. Tenía un ojo más chico que el otro y la remera toda manchada de la sangre del amigo.
Me fui corriendo de ahí cuando vi que se metían varios policías a la guardia. Me fui medio agachado, metido en el barullo de gente; pero al final el asunto no se fue de las manos. Al final los policías se acercaron al pibe y le dijeron que soltara el arma, y el pibe la soltó. La apoyó con cuidado en el suelo, y después los policías lo agarraron entre varios y lo tiraron al piso, y le empezaron a dar. Piñas, patadas, culatazos; le daban sin asco. El pibe los puteaba, pero más que nada gritaba que lo atendieran al amigo. Callate, mono, le decía uno, y pum, le daba con el revés para callarlo; pero igual el pibe seguía gritando abajo de las piñas. Estaba puestísimo; no sentía nada. Cuando lo sacaron de la guardia empezó a revolear patadas como un loco y mientras cruzaba la puerta rompió uno de los vidrios que había en la garita de la entrada, y las astillas saltaron por todas partes, como si hubieran tirado un baldazo de granizo en el piso.
Una nena al lado mío le preguntó a la mamá: ¿Ahora nos van a atender?
Pero la vieja no la escuchó porque estaba hablando con un tipo. Hablaba con el mismo gordo de barba que un rato antes me había apurado a mí. Qué bárbaro, decía la vieja, qué bárbaro. Hay que matarlos a todos, le contestaba el gordo, señalando al pibe que había quedado tirado a un costado del mostrador.
El pibe tenía una mancha de sangre en la espalda.
Miralos, decía el gordo, son basura.
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El pibe estuvo tirado unos minutos antes de que lo vinieran a buscar. Uno lo miraba y parecía un nene, durmiendo de costado, o uno de esos locos que cuando tienen sueño no se hacen drama y se acuestan a dormir donde sea, y por el frío que hace se dan calor con el propio cuerpo, poniéndose en posición fetal.
Estaba tal como lo había dejado el amigo, a un costado del mostrador, y nadie se animaba a acercarse. Todos lo miraban más que nada con curiosidad. O como en estado de alerta. Había una tensión invisible flotando alrededor de ese cuerpo aplastado; uno tenía la sensación de que en cualquier momento el flaco iba a abrir los ojos y se iba a levantar, como si a todo esa situación la hubiera estado actuando. Como si fuera el actor principal de una obra de teatro, el pibe se iba a levantar y nos iba a decir a todos buenas noches, espero que hayan disfrutado el show; pero ahora me tengo que ir a mi casa.
O quizás no. Quizás en lugar de irse se iba a parar enfrente del gordo de barba y se iba a levantar la remera y le iba a mostrar con orgullo el tajo chorreante. Se lo iba a mostrar a él, pero también para que lo pudiéramos ver todos los que estábamos ahí; mirá, lobo marino, mirá el corchazo que tengo en la espalda. Nos lo iba a mostrar sonriendo, con su mueca de dientes todos revueltos, sacudidos a pura piña, a pura batalla.
Pero el pibe siguió inconsciente hasta que a los pocos minutos aparecieron un par de médicos con una camilla y lo levantaron y se lo llevaron por el pasillo al trotecito, y en el piso, donde él había estado tirado, quedó una mancha de sangre que mezclada con el rojo del suelo se volvió medio oscura, medio azulada.
Yo enseguida volví a mi papel y me acordé de Jorge y seguí a la camilla para hablar con alguno de los médicos. Me hubiera gustado tener un chumbo como el del pibe a ver si así me prestaban atención.
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Frené a uno de los médicos en el pasillo. Lo primero que me dijo fue que yo no podía estar ahí. Que me vaya, que pregunte en el mostrador de la guardia. Pero yo estaba asustado, y no le toqué el brazo; lo agarré. Lo agarré del brazo al médico y le dije que hacía un rato que estaba dando vueltas por todos lados y que nadie me daba bola. Y que mi abuelo estaba en el piso de internaciones, con la herida infectada, y que no podía más del dolor. Necesito que alguien lo vaya a ver, por favor te lo pido, flaco, le dije. Era un tipo joven; le hablé de vos a vos, y él ahí como que empezó a mirarme de otra forma. Él ya no era un empleado público ni yo un pibe exigiendo lo que me correspondía. Éramos nada más dos tipos perdidos en el desierto.
Mirá, me dijo, yo te entiendo lo que me decís, ¿pero viste lo que pasó recién?, ¿lo viste? Bueno, vos estás acá y lo viste hoy; pero nosotros no, para nosotros es así todos los días. Siempre hay quilombo con esta gente. Vienen con todos los mambos de las casas y nosotros ya no damos abasto, flaco. No damos abasto del laburo. Tu abuelo, no es de mala leche que te lo digo, pero tu abuelo para nosotros es una ficha más. ¿Le duele la herida? Bueno, esperá. Tené paciencia. Yo ahora aviso y alguien lo va a ir a ver. Pero no te vuelvas loco dando vueltas, preguntando por acá, por allá, porque también nos estás jodiendo el laburo a nosotros. Te recomiendo que subas y acompañes a tu abuelo hasta que vaya alguien. Es lo único que te puedo decir.
El tipo se fue por el pasillo poniéndose unos guantes de látex. Yo le pregunté antes de que se fuera dónde estaban las escaleras, que no había carteles que te señalaran nada, le dije, y él se dio vuelta sin mirarme y me hizo un gesto con la cabeza, mirando el fondo del pasillo. Me dijo: Allá.
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Cuando entré de nuevo a la sala Jorge tenía los ojos cerrados. La panza casi ni se le movía. Yo me acerqué de a poco, sin hacer ruido, pero él sintió mis pasos igual. Abrió un solo ojo y me dijo algo que no llegué a entender. Más que hablar soplaba. Jorge, le dije yo, ya hablé con el médico. Ahora van a venir. Aguantá cinco minutos que ahora vienen. ¿Cómo estás? ¿Te sentís mejor? Él cerró los ojos y movió un poco la cabeza para adelante. Sí, me estaba diciendo: Sí.
Volvió a quedarse dormido enseguida. Yo aproveché para levantarle la sábana con cuidado, mientras esperaba a que viniera el doctor. La levanté y en la panza de Jorge vi la venda, toda viscosa, empapada en sangre tibia. Agarré un trapo húmedo y empecé a limpiar la mancha de sangre que la venda había dejado en la sábana. Pero de vez en cuando soltaba el trapo y me quedaba quieto y me ponía a mirar cómo dormía Jorge.
Su cara, a la luz débil del foco que había en la pared, se me aparecía como algo extraño. Veía su cara como nublada, como difusa; no podía darme cuenta, en ese momento, pero creo que por primera vez en mi vida, a esa hora, en ese lugar, estaba viendo en su cara, no a la cara de mi abuelo, no a la cara del hombre que me había criado, sino a la cara de un desconocido. Sus rasgos se empezaban a transformar. Ya no era Jorge; ese tipo era un extraño, un viejo con una venda llena de sangre en la panza, chupado, avejentado, con un pasado que no conocía, que no tengo forma de conocer, un hombre con pensamientos y sueños diferentes de los míos, y nos ataba algo muy frágil, empezaba a darme cuenta yo, algo que se rompía nada más con mirarlo muy fijo a la cara y descubrir que yo me había acostumbrado tanto a ver esa cara a lo largo de mi vida, que era cuestión de intentar verla como si fuera la primera vez para sentir que en realidad no lo conocía, que sabía muy poco de él, de lo que había atrás de su cara.
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Cinco o seis años atrás, un tiempo antes de que empezara a empeorar de la salud, acompañé a Jorge a hacer un trabajo. Lo llevé en el auto de mi vieja, fuimos a ver el consultorio de un dentista por capital. A esas alturas a Jorge ya le costaba estar parado si hacía mucho calor, se mareaba muy fácil, y había que repetirle varias veces las cosas. Pero cuando llegamos al centro me sorprendió que todavía se supiera todas las calles de memoria. Me decía metete por acá, en la próxima doblá a la derecha, fijate que en la que viene tiene giro el semáforo.
Mi abuelo había trabajado toda su vida yendo y viniendo por el centro, encargándose de la parte eléctrica de consultorios odontológicos, y aunque hacía varios años que no iba, se seguía acordando de todo como si nunca hubiera dejado de andar por allá.
Ese sábado al mediodía hacía casi cuarenta grados a la sombra. Yo no le veía sentido exponer a Jorge a una temperatura así. Pero él fue el primero en insistir, y mi vieja me dijo: Tu abuelo necesita sentirse útil. Dale el gusto. Llevalo. Es un ratito, nada más.
Así que lo llevé.
Durante el viaje él solamente me daba indicaciones para llegar, o se ponía a silbar el ritmo de la cumbia que sonaba en los parlantes del coche. Cuando me di cuenta de eso puse un CD de folclore, pero él siguió silbando en el mismo tono, como si yo no hubiera cambiado la música.
En el consultorio nos abrió un viejo muy flaco, alto, con un pucho en la boca. Era el dentista. Yo sabía que hacía años que no se veían, pero los tipos se dieron la mano con frialdad. ¿Seguís fumando, pibe?, le dijo mi abuelo. Dame un changüi, Jorgito, le contestó el otro, ya estás como mi mujer.
Después de apretarle la mano a mi abuelo, después de apretarme la mano a mí, el dentista nos hizo subir por unas escaleras de madera. Cada vez que se terminaba un pucho, el viejo se prendía otro con la ceniza. Hasta las paredes tenían olor a cigarrillo. Estaban todas amarillentas, despintadas; el edificio en general tenía pinta de haber sido moderno, quizás hasta intimidante, en su momento; pero ahora solamente era un recuerdo, un esqueleto de cemento carcomido a la par de su dueño.
En el consultorio era igual. El sillón donde se acuesta el paciente tenía el cuero todo deshilachado. De adentro se le salían pedazos de goma espuma. Jorge abrió su caja de herramientas, sacó una llave francesa y me hizo sostener una tuerca de un lado del asiento mientras él desatornillaba la que estaba del otro.
En un momento el dentista se fue, nos dejó solos en el consultorio, y lo único que se escuchó en ese cuartito de dos por dos fue el aliento agitado de Jorge, agachado a un lado de la máquina. Aguantaba el aire, mi abuelo, y después lo soltaba con explosiones mínimas. Puf. Puf. Yo veía nada más su espalda, encorvada y temblorosa por el esfuerzo que él hacía para poder sacar esa tuerca.
Pero al final no pudo. Al final se levantó transpirado, con la mirada de sueño que ponía cuando no entendía dónde estaba, y tuve que agacharme y sacar esa tuerca yo.
Trabajamos a la par casi media hora, revisando todas las máquinas. Jorge me iba diciendo lo que yo tenía que hacer. Se sentaba en una butaca y mientras probaba los tornos silbaba. Era un Jorge diferente al que yo conocía en su casa. Ahí en el consultorio Jorge se movía como si tuviera el control de todo y supiera lo que estaba haciendo.
El dentista volvió cuando ya habíamos terminado. Trajo dos vasos de agua y me encontró con las manos manchadas de aceite. Yo tenía grasa hasta en la remera. ¿Vas a seguir los pasos del abuelo?, me preguntó. No, le dijo Jorge, antes de que yo contestara: Mi nieto estudia. Ah, muy bien, dijo el dentista.
Jorge se limpió la transpiración de la frente con la manga de la remera.
Mi nieto no va a tener que ensuciarse las manos, dijo.
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Cuando salimos del consultorio, Jorge y el otro viejo se quedaron un rato charlando en el pasillo. Escuché que hablaban de la familia. De fútbol. De la salud y de los años. Yo los escuchaba desde la sala de espera, y ya no sabía si Jorge había insistido tanto para que lo llevara porque necesitaba trabajar, sentir que todavía podía y de paso ganarse unos pesos, o si lo único que quería era eso, ver a un amigo por última vez, charlar de los viejos tiempos.
Pero después dejaron de hablar sobre ellos y pasaron a hablar de la plata. Jorge mientras estábamos en el auto me había dicho: Hacemos este laburo, revisamos un rato las máquinas, y doscientos le sacamos. El tipo no tiene ni idea, me había dicho Jorge.
¿Cuánto, pibe? Para vos, le contesta mi abuelo, quinientos. Un regalo, le dice el dentista. Porque sos vos, nada más, le dice Jorge.
Pero después mi abuelo cambia el tono: Te revisé los tornos, limpié el motor. Hay un silencio y dice: Doscientos cincuenta. El dentista le contesta: Está.
Y durante unos segundos ya no se escucha nada.
Salen a la sala de espera. Las ventanas son de un vidrio verde y la luz amarillenta, con aura de iglesia, los empapa a los dos. Jorge y el dentista se ponen a hablar de mí como si yo no estuviera. Pintón, el nietito, dice el dentista. Sí, le contesta Jorge, pero ya está de novio; tan pibe y ya de novio. Me parece muy bien, dice el dentista. ¿Y vos?, le pregunta Jorge, ¿alguna minita por ahí? No, Jorgito, yo ya estoy retirado, bastante tengo con mi mujer. Pero algún amor secreto hay que tener, le dice mi abuelo. El dentista resopla. Apenas puedo con esta, dice, para qué me voy a buscar otro dolor de cabeza.
Jorge y el dentista se despiden en la puerta. Se despiden sabiendo que no se van a volver a ver. Cuidate, viejo, le da la mano el dentista. Y después me mira. Qué joya de abuelo que te ligaste, pibe, me dice.
Todavía escucho las frases de esa tarde, mientras miro la cara de Jorge, durmiendo en la cama del hospital. Las escucho como si vinieran desde el presente, como si no hubiera un pasado, o como si ese pasado estuviera acá, en esta habitación, formando parte del presente. Mi abuelo con más de setenta años, intentando hacer bien su trabajo. En esa época, cuando yo todavía estaba de novio, y Jorge podía salir solo, sin que nadie lo acompañe, a comprar el pan.
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Hay algo que yo siempre quise preguntarte, Jorge. Desde hace tiempo vengo pensando en cómo hacer para planteártelo.
No es que tu respuesta pueda cambiarme la vida, pero yo necesito eso, solamente hacerte esa pregunta, aprovechar ahora que estamos solos, en este hospital.
Ya tengo veintisiete años, y no vamos a vivir para siempre.
¿Vos me vas a dar el gusto? ¿Me vas a contestar?
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Me puse a leer el libro de nuevo, un poco más tranquilo, cuando vi que Jorge dormía. De vez en cuando levantaba la cabeza y lo miraba, y miraba también a los otros dos. Horacio y el tipo acostado en la cama de enfrente. En la sombra medio verdosa de la sala casi ni se veían. Se los intuía, más bien, dos cosas de piedra vivas abajo de las sábanas.
Pero a medida que fueron pasando los minutos me empezó a dar ansiedad. Eran las tres de la mañana, plena madrugada de viernes, a esas alturas de la semana, por lo general, yo ya estaba tomando. Era mi experiencia espiritual de la semana, tomar y leer solo en mi pieza hasta quedarme dormido. Y se sentía, se empezaba a sentir, la ausencia de esa paz en mi organismo.
Esperé un rato, a ver si venía algún doctor. Pero como nadie venía y a Jorge lo veía bien, dejé el libro en la cama, a un costado de él, y salí de la sala.
Enfrente del Bocalandro hay un kiosco que está abierto las veinticuatro horas. Yo me crucé. Fui con mi mochila, para meter lo que me comprara ahí adentro, y en el camino me prendí un cigarrillo.
Cuando entré al kiosco la vi. Ahí estaba Romina, la enfermera ancha, pechugona, conversando con uno de los pibes que atendía el local. Estaba con los brazos cruzados encima del mostrador; yo imaginé que para torearlo al pibe con la imagen amarga de su escote desabrochado. Se notaba que el flaco hacía un esfuerzo para mirarla a los ojos y no sacar la mirada de ahí. Romina se dio vuelta cuando me vio entrar.
¿Qué hacés acá, bonito? Vine a comprar algo, le contesté, me estoy muriendo de hambre. Me daba vergüenza pedir cerveza adelante de ella, así que compré un jugo y un par de alfajores. El pibe buscó todo sin hablar; en el aire flotaba un silencio tenso; se notaba que yo había interrumpido una conversación importante.
¿Y tu abuelo?, me terminó preguntando Romina, ¿bien? Bien, le dije, ahora está durmiendo. Y la miré de reojo: Recién te busqué porque le estaba doliendo la herida. No me digas, me contestó ella, pobrecito, justo ahora que estoy en mi hora de descanso. Yo no quise explicarle que en realidad hacía más de tres horas que la había buscado. Solamente me quedé callado y ella me dijo: Bueno, ahora en un ratito subo y lo voy a ver, ¿está bien? Sí, le contesté yo. Está bien.
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Pero yo no volví al hospital. En lugar de eso me fui a dar una vuelta; sabía que a tres o cuatro cuadras para adentro había un kiosco que también estaba abierto toda la noche.
Empecé a caminar, chocando el viento frío. Todo estaba oscuro. Iba con mi mochila, las cosas que había comprado, y mi ansiedad. No se veía un alma, pero yo iba por el medio de la calle, atento al menor movimiento. De noche por esos pagos siempre está lleno de cuervos, gauchos que a esas alturas ya no saben ni cómo se llaman.
Y en una esquina me crucé con un par. Eran tres. Dos con gorrita; el otro de pelo largo. Caminaban para donde yo iba, por la vereda de enfrente, y yo apuré el paso, sin mirarlos. Pero el kiosco estaba a mitad de cuadra, y cuando compré la cerveza y volví, uno de los pibes había pegado la vuelta.
El flaco empezó a seguirme despacio, por la calle, y yo no sabía si salir corriendo o si no desconfiar. Hasta que se puso casi al lado mío. Qué linda camisa, hermoso, escuché que me decía. Ya está, pensé yo. Ya está. Esto va a ser para quilombo. Me metí abajo de los árboles para saltar la vereda y salir disparado; pero cuando estaba en eso el flaco me agarró del hombro.
Tranqui, correcaminos, me dijo. Soy yo.
Entonces lo reconocí. Lo reconocí por la voz, por la tonadita medio ronca, medio avispada.
Era Sergio. Un pibe que vivía ahí cerca y que tomaba conmigo y con los muchachos cuando andábamos por los dieciocho, diecinueve años.
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Mi primera reacción fue de alivio: ¿Qué hacés, chabón, tanto tiempo? Paseando, me contestó él, y me señaló a los otros dos, que se habían frenado en la esquina: Paseando con los pibes.
A Sergio no lo veía desde hacía años. Lo había conocido jugando al fútbol en el barrio, y habíamos sido muy buenos amigos, en la adolescencia. Nos drogábamos juntos todos los fines de semana. Él le había tomado el gustito a la frula al mismo tiempo que yo. Y esa coincidencia nos hermanó durante noches, meses, años.
Me acuerdo que era un pibe muy inteligente. Había empezado a estudiar en la facultad, no bien terminó el colegio, pero después la dejó porque no tenía cómo pagarse el viaje hasta el centro, y cuando la madre se quedó sin trabajo se tuvo que conseguir un laburo para ayudar en la casa, y después ya no volvió a tocar un libro en su vida.
Pero tenía la rapidez espontánea de los que no necesitan estudiar las cosas, porque ya están adentro de esas cosas, y las conocen en su sentido más práctico. Cuando yo me perdía un rato intentando explicarle lo que me había parecido un libro, él juntaba las migas que yo iba dejando tiradas y con dos o tres palabras punzantes me terminaba explicando qué era lo que había querido decirle yo.
Me gustaba hablarle de lo que leía por eso; hasta que una tarde, medio de reojo, Sergio me dijo: Pasan tantas cosas fieras en la vida. Admiro cómo te puede emocionar tanto esto, que no es real.
Yo no sabía si lo decía con sinceridad o con desprecio. Pero después de ese día ya no volví a hablarle de libros.
Sergio solamente me hablaba así cuando tomaba. Cuando estaba fresco era una tumba. Pero no bien empezaba a tomar, hablaba tanto que su voz se volvía un rumor más de la calle, como el de los autos, o el de los ladridos, y al final siempre terminaba igual, a las tres de la mañana, delirando, soltando frases sin sentido que nosotros dejábamos pasar. Esta es nuestra cruz, nos dijo una de esas noches, con el papelito de merca abierto en la mano. Sin esto no pasaría nada, se puso a decir el loco después.
Después dejamos de ser amigos. Dejamos de tomar merca, varios de los pibes, así que dejamos de tener cosas en común con él. Con los años supimos que se había casado con una mina varios años mayor que él que ya tenía dos hijos. Que se había ido a vivir con ella, cerca del asentamiento, y que ahí tuvieron dos pibes más. Pero Sergio no dejó nunca la droga, y uno de los chicos nació con problemas. El chico estuvo internado en el Bocalandro un mes y medio, pero no se salvó. También supimos que una noche de esas, estando borracho -Sergio por esa época ya chupaba todos los días-, fue y la agarró del cuello a la mujer, y le dejó la cara toda marcada. Y que ella al final lo echó; que fue la policía y todo a la casa, nos enteramos; que la mina después le hizo una denuncia para que no se pudiera acercar a los chicos a cuatrocientos metros.
Así que se fue a vivir solo otra vez, Sergio, terminó parando en el taller de chapa y pintura del padre. Dormía adentro de los autos que el padre tenía que arreglar. A nosotros nos parecía muy raro, todo lo que le estaba pasando, cada vez que nos llegaban noticias suyas. Sergio siempre había sido un pibe muy trabajador y muy inteligente, y tenía también muy buen corazón. Pero también sabíamos que él era uno de esos tipos que si van en moto y chocan, no discuten con el que los chocó, sino que se levantan, levantan también la moto, y siguen andando a los pedos, con los ojos cerrados, para chocar a la otra cuadra de nuevo. Y cuando vuelven a chocar, lo mismo, sin protestar, sin parar para calmarse, para pensarlo bien. Se levantan y vuelven a andar sin abrir los ojos hasta que les pasa otra vez lo mismo. Y así.
Sergio era un corazón desencajado.
Yo había sido muy buen amigo suyo, en la adolescencia, pero cuando se me acerca y me saluda en medio de la calle, después de que yo vuelvo del kiosco, para mí es un extraño.
¿Y vos, tanto tiempo?, me dice, ¿qué hacés por acá?
Yo entonces le cuento lo de mi abuelo; lo exagero, le cuento lo que sufrió Jorge con todos los detalles, para que él vea que yo no estoy pasando un buen momento por esa situación, y no tenga nada que envidiarme.
Sergio me palmea el hombro. Qué mala pata, me dice, mientras la brasa del pucho que se fuma le alumbra la cara un segundo en la oscuridad.
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Se pone a hablarme un rato. Me cuenta que al principio no me había reconocido, que estoy más gordo, me dice, y después yo me siento obligado a preguntarle por su vida y él me cuenta lo que yo ya sé, que está viviendo en el taller del viejo, y laburando donde laburó toda su vida, en la fábrica de Carlos a dos cuadras de la ruta.
No le pregunto por la mujer, no quiero incomodarlo a él ni que su incomodidad me incomode a mí. Así que me sorprende cuando él solo saca el tema. Se pone a hablarme de la mujer y me cuenta que la pifió. Que se mandó una macana en la casa, pero que ahora las cosas están mejorando. Tuve que volver a mi casa con la cabeza gacha, me dice Sergio; pero bueno, uno no es menos hombre por agachar la cabeza. Y que le pidió perdón a la mujer, y que le regaló una tele, y que ahora de a poco se están viendo de nuevo.
Cada vez que se queda callado Sergio inspira aire por la boca, por la nariz, lo inspira apretando el pecho, el corazón, escurriendo bien los pulmones, y yo me doy cuenta enseguida de que está con los cables cruzados.
De golpe me asusta la idea de que me quiera cagar a palos. Sergio siempre se cagaba a palos con todo el mundo, cuando era más pibe. Y siempre el que quedaba parado era él. Y mientras él me habla de su vida, así como está, yo empiezo a acordarme de todas las veces que lo puteé en la cara, que le grité las peores cosas adelante de todos los pibes, seguro de que él conmigo no se iba a animar a nada. Y de hecho Sergio conmigo nunca se animó. Pero ahora que somos dos desconocidos, dos extraños en medio de una calle oscura, yo me acuerdo de todo eso y desconfío. Con un tipo como ese nunca se sabe qué esperar.
Y en eso estoy, pensando en cómo hacer para despedirme, para irme de ahí sin que él se dé cuenta de mi desconfianza, cuando veo que Sergio estira un brazo en el aire y me da una palmada en la cabeza. Me da una palmada despacio, como la de un papá al hijo, y me dice: Yo con vos me porté mal. Me dice eso, y después tira el pucho para un costado y se acomoda la visera de la gorra y me da la mano, y yo siento la palma de su mano áspera, toda agrietada por el laburo, apretada en la mía.
Andá a cuidar a tu abuelo, me dice.
Y después se va. Se va con los otros dos pibes que lo están esperando en la esquina, y yo me voy para el otro lado, para el hospital.
Fuiste amigo de Sergio, pienso mientras me voy. De un pibe que siempre fue al frente, sin tenerle miedo a nada.
Así que algo de él tiene que haber quedado en vos. Él fue tu amigo y vos también tenés que ir al frente, sin tenerle miedo a nada.
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Encontré a Romina en la sala, cambiando la venda de Jorge. Mi abuelo ya se había despertado, pero tenía la mirada extraviada. Le aumenté el suero, me explicó ella, y después levantó los ojos: ¿Y vos dónde estabas? Bajé a tomar un poco de aire, le dije, ¿la herida está bien? Está perfecta, me contestó, pero por las dudas vos tendrías que quedarte por acá. Fijate.
Apoyé la mochila con la cerveza a un costado y me senté en la silla de plástico a ver cómo trabajaba Romina. Movía las manos de una manera lenta, con suavidad. Era una tarea delicada, pero no le temblaba el pulso. A partir de ese movimiento mínimo yo me puse a conjeturar qué tipo de mujer sería en la cama. Eran cerca de las tres de la mañana, la atmósfera estaba cargada de mis pensamientos, mezclados en una sola modorra espesa con los de ella.
Oíme, me dijo Romina de golpe, mirándome con los ojos apretados, como si se estuviera muriendo de sueño, tu camisa me gusta.
Me la regaló mi vieja, le contesté a Romina. Gracias.
Jorge giró los ojos desde su inconsciencia y me miró por unos segundos. Yo también lo miré a él, y después me levanté y di una vuelta alrededor de la cama nada más para que me dejara de mirar, y desde ahí me acerqué y le pregunté a Romina: Che, ¿tenés novio, vos?
No, sonrió ella, atenta a sus manos, al trabajo que sus manos estaban haciendo. Me dijo eso y después con la muñeca, porque a la mano la tenía manchada, con la muñeca se acarició el pelo, se lo onduló, y el pelo después se le fue desarmando de a poco encima de los hombros. ¿Y vos, bonito? No, le contesté, por ahora estoy solo. Solo y muy bien.
Jorge soltó un sonido bastante raro, en ese momento. Podría decir que fue como un ronquido, pero no. Parecía más bien como si hubiera querido decir algo, pero entre el suero y la falta de fuerza para decirlo, se le quedó ahí, en un sonido nacido desde el estómago, una bocanada de aire que le raspó la garganta.
Nadie puede estar bien solo, me dijo Romina, pero yo en ese momento no le pude prestar atención, cohibido por el ronquido honesto, flemático de Jorge.
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En su vida Jorge me vio besar solamente a una mujer. Se llamaba Lucila, y a él le entró en el corazón. Cuando la llevaba a cenar a su casa, mi abuelo la miraba sin parpadear, le llenaba todo el tiempo de comida el plato, y después se despedía de ella abrazándola, y siempre mientras la abrazaba le decía al oído: Nietita querida.
Estuve de novio con Lucila cinco años. En la última etapa de nuestra relación, Jorge la seguía queriendo y tratando como no podía quererla ni tratarla yo. Nos pusimos de novios muy jóvenes, le decía yo a Lucila. Tengo ganas de conocer a otras mujeres. No sé si vos sos la indicada para mí. Lucila a veces me puteaba y me tiraba cosas y discutíamos; pero otras veces no. Otras veces Lucila nada más se acurrucaba abajo de las sábanas, acostada en posición fetal, y se ponía a llorar sin hacer ruido.
Pero yo me daba cuenta igual de que lloraba porque algo diminuto temblaba en mi colchón, y entonces la buscaba, me metía abajo de las sábanas, donde nuestros olores se mezclaban y no se podía distinguir la respiración de uno de la del otro, y yo la buscaba a Lucila para pedirle perdón por todas las cosas que le decía.
Eso era lo que me gustaba de hacerla llorar, la posibilidad de pedirle perdón después. De acercarme y rebajarme, de darle un beso en el hombro, en el pómulo, en la espalda, y hablarle al oído para que solamente ella pudiera escucharme.
Y cada vez que ella me perdonaba, yo sentía como si la estuviera conquistando otra vez, como si la estuviera conociendo de nuevo, y entonces nos abrazábamos desnudos, así como estábamos, y hacíamos el amor con una violencia que era como si nos engañara; que no nos dejaba dar cuenta de que ya no podíamos estar juntos sin odiarnos primero.
Nos acostábamos como dos extraños que recién se conocen, y que saben que después de ese encuentro no se van a volver a ver.
Pero nosotros fuimos dos extraños que se separaron de a poco. Que de a poco fueron acostumbrándose a la idea de no volverse a ver.
Nunca vas a querer a ninguna como me quisiste a mí, me dijo Lucila la última vez que la vi. Yo miré a una señora que baldeaba la vereda de enfrente, abajo del sol. Le contesté: Ya sé.
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Cuando les conté a mis abuelos que me había separado de Lucila, Jorge fue el que peor se lo tomó. Vos pateás para el otro lado, empezó a decirme. A vos te deben gustar los machos.
Y durante mucho tiempo, cada vez que nos veíamos, él me preguntaba lo mismo: ¿Y Lucila? ¿Lucila no va a venir esta noche?
Y era la abuela la que le tenía que decir: Lucila ya no va a venir, bicho, basta de molestarlo al chico. Y yo me prendía enseguida: Sí, Jorge. Lucila ya está. Lucila ya fue.
Y así durante meses.
Hasta que de a poco, sin darse cuenta, Jorge dejó de preguntarme por Lucila cada vez que nos veíamos.
Y entonces, contrariamente a todo lo que yo hubiera podido sospechar, recién entonces, cuando la sombra de mi ex terminó de esparcirse en la memoria de mi abuelo, yo empecé a preguntarme por ella. Pero no por Lucila en sí, sino por la situación de ir a cenar a la casa de mis abuelos sin ella.
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¿Por qué?, me preguntaba. ¿Por qué dejé de estar enamorado? ¿Por qué Jorge conoció a mi abuela a los veintiuno y pudo estar toda su vida con ella? ¿Por qué yo no pude enamorarme de Lucila como él se enamoró de mi abuela?
Me preguntaba estas cosas y a veces me venía a la mente la vez que lo acompañé a hacer su último trabajo en capital. Cuando yo todavía estaba de novio y Jorge le había dicho al dentista: Algún amor secreto hay que tener.
Y esto me sigue pasando al día de hoy. De golpe, sobre todo cuando estoy distraído, sin poder enfocar mi mente en ninguna idea en particular, me empiezan a venir a la mente frases así, como la de Jorge, frases que escuché hace años y que en su momento yo dejé pasar, dejé que se fueran, como monedas, monedas de diez centavos que pongo en un jarrito de cerámica, todas iguales, indistinguibles, listas para usar cuando me toque tomarme el colectivo a la mañana; pero que después, de repente, vuelven, emergen, empiezan a flotar en mi cabeza sin que yo las haya buscado, y pasan los años y la frase sigue ahí, la misma moneda de diez centavos que se oxida en mi bolsillo conmigo; y yo me digo, bueno, puede pasar, sí, un recuerdo, un eslabón de la cadena que retuve de casualidad; solamente es de casualidad que a veces me viene a la mente esa frase de mi abuelo: Algún amor secreto hay que tener.
Pero ahora que estoy acá adentro, cuidándolo a Jorge en el Bocalandro, todo empieza a tener un relieve distinto. Me siento menos ingenuo. Desconfío más de todo.
Esas frases, esas que vuelven, ¿son las que me guían? ¿Son las que determinan el lugar hacia el cual voy? ¿Me marcan un rumbo? Después de volver tanto y tanto a mi cabeza, ¿terminan por convertirse en algo así como órdenes, presagios?
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Nadie puede estar bien solo, me decía Romina, en la sala del hospital, mientras el pelo lacio, despeinado, se le soltaba encima de los hombros. Yo no sabía si me estaba sugiriendo algo de lo que me interesaba, o si solamente quería predisponer una conversación fraternal.
Pero a Romina mi camisa le había gustado y yo me decidí por lo primero. Le dije: Menos mal que estás vos, entonces. Ah, ¿sí?, me miró ella, ¿y por qué? Digo, así me hacés compañía.
El hielo no está roto, todavía. Si lo que nos junta es un hilo, el que nos junta a nosotros todavía está tirante. Pero lo entiendo. Se trata de que yo dé un paso, acechando, y que vos des otro, dejándote acechar. Se trata de un tiqui tiqui verbal, gestual, subliminal, para que nuestro hilo se vaya aflojando de a poco, mi vida, y de golpe nos sorprenda enredados.
Pero me equivoco, si pienso así de Romina. Romina termina de hacer lo que está haciendo, deja los guantes en la cama y me viene directamente a buscar.
Me agarra de un brazo y me arrastra hasta el baño de la sala. Me lleva hasta ahí como a un muñeco de trapo. Me besa. Su lengua es una babosa inquieta en mi boca. Yo todavía no entré en calor. Quiero, lo quiero con toda mi alma, pero no puedo. Así que la abrazo despacio a Romina para que se relaje, le toco el cuello, la boca, las manos, a ver si se acomoda a mi ritmo; a ver si nos encontramos en un punto medio neutral.
Ella se amansa y suspira, mientras la acaricio. Pero es nada más que la suelto, que me empuja contra la pared y me empieza a desabrochar el cinturón. Están las luces apagadas, acá en el baño; pero salga lo que salga, yo quiero que salga bien. Me re gustás, le digo, y aprovecho el recreo de ternura para sacármela de encima. Vos también, me dice ella. Y se abre la camisa despacio; puedo escuchar el ruido de cada botón que se desabrocha, uno atrás del otro, en la oscuridad.
Yo pienso que eso me tendría que poner feliz. Que esa imagen, la de mí mismo en esa situación, es todo lo que necesito para sentirme como quiero. Pero en esta oscuridad no hay imagen; no puedo imaginar a otro en el lugar en el que estoy, porque sencillamente no hay imagen; es solamente el sentido del tacto, y el del gusto, y el del olfato, respirando el olor que Romina tiene en el cuello, y el de mi aliento que poco a poco se va a asentando en su cuello, y eso, por el momento, no me genera nada que no sea más desesperación.
Creo que estoy nervioso, digo en la oscuridad, cuando Romina intenta desabrocharme el cinturón otra vez. ¿Te sentís bien?, me pregunta. Yo solamente la abrazo, soltando todo el aire que tengo adentro.
Ella me dice: Tocarse con otro hace bien a la salud. Yo le contesto: Sí.
Y pensando un poco en todo, un poco en nada, agarro y me bajo el pantalón.
**
Eso es lo único que tengo en claro, después de tantas decepciones. Para amar hay que bajarse el pantalón. Te doy lo que es mío, así como lo tengo, así como es, y vos, que sos generosa, también te soltás y me das tal como es lo tuyo. Pero yo quiero que nos sintamos cómodos. Hoy que nos toca conocernos, yo te pido que lo hagamos con sinceridad y con paciencia. Vamos a decirnos cuándo, cómo, qué; pero si no te gusta así, bueno, no hay drama por mí. Cierro los ojos y que todo salga como la inspiración quiera. Las personas somos todas diferentes y hoy yo quiero amar tu diferencia. La quiero amar esta noche por primera vez pero también como si fuera la última.
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La pasé lindo, me dice Romina, mientras nos acomodamos la ropa adentro del baño. Yo también, le digo, ¿pero te hubiera gustado estar con alguien de más experiencia? Ella hace un silencio y después me contesta mirando la puerta: No seas boludo.
Salimos a la sala cuando estamos seguros de que no hay nadie afuera. Romina levanta sus cosas de la cama de Jorge y se queda mirándolo un segundo. Mirá, me dice, tiene cara de ángel.
Yo miro la cara de Jorge. No sé dónde ve el ángel Romina. Pero le digo: Me gustaría volverte a ver. Ella me contesta: Ya sabés donde encontrarme; de viernes a domingo, acá estoy. Romina me mira sonriendo, pero cuando ve que yo me quedo callado mira las cosas que sostienen sus manos. Yo no soy de hacer esto, me dice. Si lo hice con vos es porque me gustás. Yo te miro y se ve que no tenés idea de dónde estás parado. Eso me gusta. Y me iría a tu casa ahora mismo, bonito; pero no puedo. No puedo porque estoy laburando, ¿entendés?
Romina cruza la sala y me guiña un ojo desde la puerta: Vos cuidá a tu abuelo. Y después me mira las rodillas, sonriendo: Y también cuidate esas piernas.
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Estaba sentado en la silla de plástico. Jorge seguía durmiendo. Horacio también. Y también el tipo de la cama de enfrente. Yo los iba mirando uno a uno mientras agarraba la cerveza adentro de la mochila. No tenía ganas de tomarla, pero ahí estaba, ya la había comprado, así que la destapé, sin hacer ruido, con mi llavero, y me serví en uno de los vasos que había en la mesita.
Nadie me había roto el corazón. Nadie. Romina era la primera mujer con la que estaba después de Lucila. Yo antes había creído que cuando me tocara estar con otra me iba a poder sentir mucho más seguro de mí mismo. Pero ahora que eso ya había pasado, yo miraba la pared despintada de la sala, tomando cerveza natural en un vasito de plástico, sin poder sentir que algo hubiera cambiado.
Me puse a leer el libro, a la luz de la lámpara. Entre el cansancio y la poca luz, las letras se me iban para todas partes. Parecían hormigas, bichos, las letras, que se iban moviendo por la página a medida que yo las miraba. Se movían sobre el espacio en blanco y yo lo miraba a ese espacio sin nada y me decía: eso soy yo. Ustedes, bichos, camínenme. Camínenme hasta mostrarme algo que valga la pena.
Me terminé la cerveza casi a las cinco. Me acerqué un poco a Jorge, le dije: ya vuelvo, como para que me escuchara desde el sueño; y después me fui a caminar por el pasillo.
Si algún día escribo, me dije, tengo que escribir sobre este lugar. Así que mirá. Mi abuelo Jorge, mi abuela Carmen; toda la gente que amo estuvo en este hospital. Y ella, mi abuela, cuando estuvo internada, me lo dijo: Vos, que leés tanto, un día tenés que escribir sobre esto.
Y yo daba vueltas por el pasillo sin saber muy bien qué era lo que tenía que mirar, si quería escribir sobre eso. Un perro negro, cabizbajo, pasó mirando el piso. Después me crucé a un policía, sentado en una silla, al costado de una sala. Era bastante joven; tenía el mentón apoyado en el pecho, los brazos cruzados encima del estómago. La gorra le tapaba la frente.
A mí me gustaría dormir como él. Sentado en una silla de plástico, todo encorvado, en el pasillo de un hospital, sin la sensación de que por estar en un lugar me estoy perdiendo de algo en otro.
**
Levanté los ojos y vi el mostrador de las enfermeras. Romina no estaba. En el mostrador solamente había una enfermera de unos cincuenta años, con lentes de culo de botella, tarareando una canción. Cuando pasé ella me miró un segundo, más bien me traspasó con la mirada, como si yo fuera invisible, una columna o una silla más del pasillo, y después siguió completando unos papeles.
En ese momento me di cuenta de que atrás mío había un pibe en silla de ruedas. Estaba con los brazos estirados, mirando el piso. Tenía la pierna izquierda enyesada.
Yo lo miré de reojo. Unos años atrás a mí también me había tocado estar así. Fue un mes después de haber terminado con Lucila. En Censi, la canchita donde jugamos con los pibes todos los sábados, me había fracturado una pierna. Chocando contra un flaco que nunca había visto, y que después de ese día tampoco volví a ver.
Yo me había tirado como para lastimarlo, hacía rato que con este pibe nos veníamos picando; pero cuando me tiré al piso en vez de darle en el muslo le terminé dando en la rodilla, con la tibia le terminé dando a la rodilla de él, y entonces sentí un ruido seco, como el de dos bolas de billar que se chocan, y una electricidad me adormeció el cuerpo de la cintura para abajo.
Dale, que no tenés nada, me dijo uno. Yo me puse de rodillas y me levanté, pero cuando di un paso la pierna se me dobló al medio, y entre dos me tuvieron que llevar a rastras hasta el Bocalandro.
Sos un pelotudo, me decía yo, mirando el techo de la guardia. Sos un pelotudo.
Y lo único que me venía a la mente cada vez que me lo decía era la cara de Lucila.
Pero en el Bocalandro al final estuve nada más un rato. Pasó una hora, y todavía no me había venido a ver nadie; así que cuando llegaron mis viejos me sacaron y llevaron a otro hospital. Me llevaron a uno privado, por San Isidro. En la puerta de la guardia me recibió una enfermera con una silla de ruedas para que pudiera moverme. Y durante varios semanas fue así: cada vez que iba a ese hospital a revisarme la pierna, yo andando en silla de ruedas.
Mirando el mundo desde ahí abajo, a metro y medio del piso, me sentía como un nene otra vez. Yo no podía desenvolverme por mí mismo. Mi vieja era la que me tenía que empujar en la silla, y a veces me dejaba solo en la puerta del hospital, mientras se iba a buscar el auto, y yo me ponía a mirar a las mujeres que pasaban por la calle. Algunas me devolvían la mirada; otras no.
Si pudiera caminar, me decía yo, me acercaría y le iría a hablar. Le hablaría a la más distraída que pase. Le preguntaría cómo estás. Cómo te llamás. Qué hacés de tu vida. Si pudiera caminar haría todo lo que no puedo hacer ahora que mi cuerpo me obliga a estar sentado.
El flaco en la silla de ruedas me está mirando. Yo también lo miro. Debe tener mi edad. Me mira un segundo, y después baja los ojos y se pone a resoplar. No hay nadie más en el pasillo. ¿Qué te pasó, che? Él se mira el yeso. Me di un palo con la moto, me contesta. Me di un palo en la ruta, venía de laburar. Y después se pasa una mano por la cara. Pero yo tuve la culpa, me dice. Yo me mandé la macana.
La enfermera de anteojos da una vuelta alrededor del mostrador. Parece que escuchó lo que estábamos hablando, porque se acerca al pibe y le dice: Vos no te preocupes. Todo esto, cuando pase, solamente te lo vas a acordar como un mal sueño. Y empuja la silla de ruedas por el pasillo, llevándoselo al flaco, y llevándose también su voz: Todo esto va a ser como un mal sueño, y nada más.
**
Miré la hora. Aunque ya eran casi las seis de la mañana seguía siendo de noche. Yo estaba acurrucado en la silla de plástico, mirando la ventana. Alguien más atento que yo se hubiera dado cuenta de que las cosas afuera se iban poniendo un poco más azules. Ya se podía intuir el amanecer en esa tensión de tonos que alteraba el color de lo que se veía en la ventana.
En una sentí que tosían. Me di vuelta. Era Horacio. Tosió otra vez más; después se despertó. Abrió los ojos y miró para donde yo estaba; me imagino lo que habrá visto: mi cuerpo, mi cara, todo recortado a contraluz.
Me hizo un gesto con las cejas, las alzó, casi, y yo le pregunté: ¿Cómo te sentís? Él levantó una mano, la levantó apenas, por encima del estómago, y después se la soltó encima del pecho. Como los dioses, dijo.
Y después se quedó dormido de nuevo.
Y yo, mirándolo desde ahí, medio sobrio, medio amodorrado, pensé: Sí, como los dioses. Este viejo, en esta cama, en este hospital, se siente como los dioses.
Cada hombre hecho mierda, doblado de sueño y dolor en la sombra, se debe sentir que es eso; un dios.
**
A las seis y cuarto un doctor entra a la sala. Yo me levanto y quiero tragar saliva, pero la flema de la cerveza no me deja, y me quedo con la molestia ahí, atragantada en la boca.
¿Este es tu abuelo?, me pregunta. No espera a que le conteste. Se acerca a Jorge y le saca la sábana y después le levanta la venda. A ver cómo está esto, dice. Examina la cicatriz y después dice: Esto está perfecto. A mí me parece encontrar un tono de queja en su voz, y entonces entiendo que lo mandó el médico que un rato antes había charlado conmigo en el pasillo.
Ahora está bien, le digo, pero hace un par de horas se quejaba, le había empezado a doler la herida. ¿Le dieron suero? Sí, ya está, pasó la enfermera. Fantástico, entonces, me dice él.
¿Fantástico?, pienso yo, mirándolo: Este debe ser de otro lado.
Perdoname, le digo, ayer le limpiaron la herida infectada a mi abuelo; se la limpiaron con una torpeza, ¿por qué? El tipo levanta la libreta de la cama y se me queda mirando. Yo no vine ayer, me contesta, volviendo a mirar su libreta, yo trabajo en la guardia y solamente vengo los fines de semana. Bueno, porque ayer dos médicos le limpiaron la herida así, sin anestesia. No levantes la voz, me dice, esto es un hospital. A mi abuelo lo limpiaron con una torpeza; yo no sé cómo es el procedimiento, pero mi abuelo es un hombre grande ya, tiene setenta y cinco años, y acá lo cortaron como a un chancho. Yo no sé nada, me contesta él, pero te voy a averiguar qué pasó.
Cuando se va, después de hacer unas anotaciones, a mí todavía me siguen temblando las manos.
Yo nunca fui de quejarme. Yo nunca fui de esos. Yo por lo general agacho la cabeza, y dejo que las cosas pasen. No soporto la confrontación.
Así que no sé; debe ser el Bocalandro.
Debe ser que a uno acá adentro se lo obliga a sacar todo lo que tiene guardado.
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Vine a cuidar a mi abuelo porque mi vieja parecía muy cansada, y porque necesitaba sentirme útil para alguien. Pero ahora que el médico se va, ahora que quedo solo de nuevo con Jorge, pienso que lo que me empujó a venir fue otra cosa.
Sacarse de adentro todo lo que uno tiene guardado.
Me acuerdo de una charla que tuve con mi vieja. Yo debía tener veintidós años. Lo hablamos solamente esa vez; después nunca más volvimos a tocar el tema.
Ma, le había preguntado yo, ¿qué pasó con los abuelos? Quiero que me cuentes todo. Basta de indirectas o de amenazar con eso. Yo quiero saber qué pasó.
Ella dejó el cuaderno donde hacía sus cuentas y me contestó: Está bien.
En la tele se veía la cara en primer plano de una vedette llorando. Mi vieja buscó el control, bajó el volumen y después se sentó en la mesa. Me dijo: Tu abuela le fue infiel a tu abuelo durante muchos años.
Yo no me senté. Me quedé parado enfrente de ella, con los brazos apoyados en el respaldo de una silla.
Tu abuela le fue infiel casi toda su vida. Tuvo tres amantes, pero con uno estuvo a punto de irse a vivir. Era un tipo de mucha guita. Tenía una casa en Palomar. Y tu abuelo sabía que ella lo veía. Todo el barrio, en realidad, lo sabía. Tu abuela volvía a casa siempre tarde, contenta, de buen humor. Pero un día, al año de verlo al otro, armó las valijas y salió a la calle para irse. Quería irse a vivir con él. Y tu abuelo tuvo que salir para frenarla. Pensá en tus hijas, le decía, y me acuerdo que nos señalaba a nosotras, a tu tía y a mí, que los mirábamos en la ventana.
Mi vieja miraba la tele con una mirada circular, sin prestarle atención a la vedette que lloraba, como si más que un vidrio con imágenes la tele fuera una lámpara de colores que nos alumbraba mientras se hacía de noche.
¿Jorge lo sabía?
Sí, tu abuelo lo sabía. Tu abuelo lo sabía y desde el primer momento hizo todo lo posible para que ella se quedara. Él nunca había tenido una familia, y hoy creo que para él era importante eso, tener una familia. Tu tía y yo la pasábamos muy mal. Pero yo no la culpo a tu abuela. Con el tiempo entendí que lo que pasó entre ellos, es una cuestión de ellos.
Mi vieja me habló durante un rato largo, sin trabarse para pensar nunca, como si ya tuviera la historia incorporada, y después se levantó y con el mismo tono con que me la había contado me dijo que se iba a poner a preparar la cena, y yo le contesté: está bien; y salí de la cocina y me fui a mi pieza, y ahí me fumé un cigarrillo acostado en la cama, mirando el foco de luz que brillaba en el techo. Y me decía a mí mismo: Bueno, ya está. Ya no tengo nada que saber de mis abuelos.
Pero cuando unos años después, en la visita al dentista, Jorge dijo: Algún amor secreto hay que tener; yo me puse a dudar otra vez.
Y así me quedé dudando hasta el día de hoy. Lo miro durmiendo en esta cama, abajo de una sábana con tres manchas de sangre, y me digo: tengo que aprovechar ahora, que no está la abuela, ni mi vieja, ni la tía. Tengo que aprovechar ahora que por fin estamos solos.
Tengo que preguntarte qué pasó, Jorge. Yo quiero saber qué pasó. Mamá me dijo que la abuela te engañó muchos años. ¿Vos también la engañaste a ella? ¿Vos también le fuiste infiel? ¿Tuviste un amor secreto, Jorge, uno que nadie de la familia conoce?
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Tengo los ojos cerrados, pero estoy despierto. Desde el entresueño siento la textura del libro en mis manos. Un dedo mío se entumece, metido entre las páginas, en el punto en que lo dejé de leer. Después abro los ojos. Todo está oscuro. ¿Yo apagué la luz?
Entonces la veo. Hay una sombra, parada en la puerta. Su contorno se ve medio difuso, como desde atrás de un vidrio empañado.
La sombra entra a la sala despacio y se pone a un costado de la cama de Jorge. Después se inclina. Veo su cuerpo doblándose en la oscuridad, arrimando su cara a la de mi abuelo.
Un chorro, es lo primero que pienso. Jorge me había contado que el miércoles, el tipo que había estado durmiendo en la cama vacía, cuando le dieron el alta, esperó a que todos se quedaran dormidos, y antes de irse se llevó una radio que Horacio tenía en la mesita de luz, y el celular del que dormía al lado.
Y con lo que lo cuidamos, me decía Jorge, ¿te parece a vos?; el tipo hasta tomaba mate con nosotros.
Así que me levanto de la silla apurado y enciendo la luz.
Pero nada. Nada. Los ojos de Jorge están cerrados. En la pared solamente está proyectada mi sombra.
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Son las siete. Me doy vuelta y miro a un costado desde la silla de plástico. El día va cayendo de a poco; por la ventana se ven las caras de los afiches pegados en la vereda de enfrente.
Me adormece estar despierto. Cabeceo una vez; después otra; a la tercera entorno un poco la mirada y me parece ver que los ojos de Jorge se abren.
¿Y, canario?, me dice.
Me desperezo como si alguien me hubiera empujado.
¿Cómo estás, Jorge? Él no contesta; nada más acomoda la cabeza en la almohada. Yo me doy vuelta; busco en mi mochila uno de los alfajores que había comprado en el kiosco. Tomá, le digo, te traje esto. Él agarra el alfajor y lo mira con ojos somnolientos. Compraste el mejor, me dice. Sí, ¿por qué? Él levanta las cejas y me contesta: Hay alfajores más baratos. Después lo deja en la mesita de luz.
Durante un par de segundos lo miro sin hablar.
Hasta que veo que se mueve, y que se levanta la sábana con una mano, y que con la otra empieza a tocarse la venda. Esta noche vino la enfermera y te la cambió, le aviso; también vino uno de los médicos. Él no dice nada y yo sigo: Vino un médico, te miró la venda, y yo le saqué en cara lo de ayer. Ah, ¿sí?, me pregunta Jorge. Me mira un segundo y después se suelta en la cama otra vez. Al pedo, me dice, vos no tendrías que haber dicho nada. Son buenos médicos, estos.
Hacen lo que pueden, me dice después, mientras yo lo escucho parado, a un costado de la cama, con los brazos estirados a lo largo del cuerpo, haciendo equilibrio en mí.
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En ese momento Jorge se pone a hacer una maniobra arriesgada. Apoya un puño en la cama, y después todo el peso de su cuerpo en ese puño. Levanta su cuerpo y tuerce la columna, y dobla el cuello para mirarse la espalda. El esfuerzo lo cansa mucho, termina acurrucado, al final; casi en posición fetal.
¿Qué pasa, Jorge? Él durante unos segundos no contesta. Está solamente torcido en la cama, como un nene; queda tirante la guía del suero. ¿Qué pasa?, me acerco. ¿Tengo sucio en la espalda?, me dice. Yo estoy a punto de decirle: No. Pero lo miro bien y me doy cuenta de que se termina de hacer encima.
Salgo de la sala, quiero buscar a alguna enfermera. Pero cuando estoy por la mitad del pasillo me digo no. No voy a pedirle eso a Romina. No voy a pedírselo a ella ni a ninguna de las enfermeras.
Yo iba a preguntarte quién sos, Jorge. Quién fuiste, te iba a preguntar, o qué hiciste en todos estos años de tu vida. Pero ahora te limpio con unas servilletas de papel, mientras vos medio dopado te relajás, soltando burbujas en el aire, y me permitís que te limpie.
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Es un día nublado y debo tener dos años. Sé que estoy en el patio porque arriba puedo ver la parra, y en la mesa, al lado mío, hay varias hojas tiradas. Cuando muevo los ojos, veo una cara de perfil. Siento el agua que corre por mi cuerpo, y también el contacto de una mano áspera, como de madera, limpiándome. Es tu mano, Jorge, pero yo todavía no lo sé. Estoy desnudo y vos y la abuela conversan, y yo puedo escuchar sus voces, mientras se hablan, pero lo único que puedo ver cuando levanto los ojos es tu cara abajo de la parra del patio.
Y ahora que te ayudo a recostarte, agacho la mirada de nuevo, y te encuentro en la cama así, en este hospital, con los ojos cerrados.
Te ayudo a recostarte y me digo, puedo decirme, bueno, esta cara es la misma que vi esa tarde. La cara de Jorge. La cara de perfil de mi abuelo, y ya está.
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Mi vieja me sacude los hombros. Siento el tirón, el sueño que se aplasta, que crece, que se vuelve a aplastar. Es una ola, mi sueño, oscilando en mi cabeza. Como una inundación que me sumerge; como un agua que se va.
Cuando vuelvo a mí, cuando me acuerdo de quién soy, y dónde estoy, y de lo que estuve haciendo, lo primero que hago es respirar para abajo. Soplar, respirar para un lado en que no esté mi vieja.
¿Qué tal la noche?, me dice, ¿cómo se sintió? Bien, le contesto yo, le dolió un poco la herida, pero fue un susto, nada más.
En el pasillo mi vieja me da un abrazo. Pienso que hace rato que nadie me abraza así como ella. No es un abrazo que signifique nada. Yo lo siento así, un gesto, nada más, algo de sangre y de latido que va de un cuerpo a otro.
Andá a dormir, me dice. Se te ve cansado.
Chau, Jorge. Chau, le digo a mi abuelo, antes de irme. Lo saludo con un beso. Gracias, me contesta él, abriendo un poco los ojos. Gracias por venir, nietito querido.
Y ya me estoy yendo, cuando siento que me agarra una mano. Me dice: Vos siempre pensá en positivo. Jorge me está mirando a los ojos, y también me está apretando la mano. Vos sos bueno, te van a pasar cosas buenas. Está bien, le digo yo.
Esa fue la última vez que lo vi.
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Yo voy a casa, mi vieja casa, y duermo. Pongo la alarma en el celular para que suene a las tres. Todos los sábados a las cuatro jugamos al fútbol con los pibes.
Y a las cuatro menos cuarto estoy ahí, en Censi. La canchita queda a una cuadra del Bocalandro. Cuando me bajo del colectivo y paso caminando veo las ventanas del lugar en donde estuve hasta hace un rato atrás. Anoche desde una de esas ventanas yo miré la calle por la que estoy andando ahora.
¿Mi vieja me estará mirando pasar? ¿Estará Jorge, con la cabeza en la almohada, mirando al pibe que pasa desde una ventana del Bocalandro? ¿Se dirá, con orgullo: ese es mi nieto?
En la entrada del club me encuentro con dos pibes que van a jugar conmigo. No son de jugar siempre, pero en el equipo hay dos lesionados y los pibes están ahí para jugar en lugar de ellos. Son pendejos; deben andar por los veinte. Yo los saludo y uno me pregunta qué hago ahí tan temprano. Yo les contesto que es por mi abuelo. Que me quedé a dormir en la casa de mis viejos porque mi abuelo está internado en el Bocalandro.
Estamos los tres solos, esperando a que lleguen los demás, y yo me suelto. Me siento con ganas de hablar y les cuento a los pibes lo que le hicieron a Jorge. Que para limpiarle la infección le metieron las manos en la carne viva, así, con uñas, y les hago el gesto de quien mete las manos en la tierra blanda con los dedos todos doblados, como garras, para sacar las hierbas podridas.
Uh, dicen los pibes, con cara de asco. Qué carniceros.
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Una noche, cuando todavía éramos novios, la acompañé a Lucila a visitar a su abuela. Encarnación -Encarna, le decíamos nosotros- había tenido un problema de salud y desde hacía unos días estaba internada en el Austral. Tenía noventa y dos años, y era viuda de un cirujano, un profesional muy conocido, que había llegado a ser embajador en el Líbano.
En el pasillo de la guardia había olor a perfume. También había pantallas de plasma en las esquinas, indicando dónde quedaba cada sector. Los pisos que brillan. Yo la seguí a Lucila hasta llegar a la sala de su abuela. Ella abrió la puerta, vi unos sillones vacíos; en las paredes había cuadros con formas geométricas de color y un cartel de acrílico que decía: Sala de espera.
En esa sala solamente había una puerta, y cuando Lucila la abrió vi que daba a una pieza que parecía un loft, con televisor de plasma, aire acondicionado, y una ventana inmensa por donde se veía un pinar iluminado, y en el centro de la pieza una cama blanca, de sábanas también blancas, y ahí, en el medio de la cama, Encarnación.
La encontré tan diminuta que me conmovió. Encarnación nos dijo que se sentía un poco mejor, y después pasó a contarnos cómo había sido vivir encerrada todos esos días en el Austral. Pero mientras ella hablaba, yo me distraía, y me ponía a pensar en Jorge.
Jorge, internado cada dos por tres, cada vez más seguido, en el Bocalandro. Miraba los remedios de primera marca de Encarnación, en la mesita de luz; los mismos remedios que nunca llegaba a cubrir la obra social de mi abuelo.
Así que la vida, todo lo místico que tiene la vida, ¿se reduce más o menos al papel, al carnet de colores que uno tenga en el bolsillo? Diez años más, diez años menos, ¿dependen nada más de un trámite?
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Empieza el partido a las cuatro y diez. Está bastante parejo al comienzo. Salvo cuando hay lesionados o resaqueados, los sábados siempre jugamos los mismos. Nos cagamos a patadas, pero con cuidado. A veces ganan ellos; otras veces ganamos nosotros.
A la media hora la bocha queda boyando contra el lateral. Hace un par de meses volví a jugar después de la fractura, y recién ahora estoy empezando a sentir más confianza en mi pierna.
Así que cuando la agarra uno que siempre la pisa, un flaquito de Churruca, todo tatuado, yo lo voy a buscar. Lo busco para que le cueste, lo agarro del hombro, que no tire la del taquito, hace siempre la misma, taquito por un lado, la bocha que sigue, él que la va a buscar por el otro; pero hoy no, chabón, me digo yo, mientras lo busco.
Hoy no.
Y el flaquito tiene la bocha abajo de la suela, el hombro en mi cara, tiro una patada, la bocha que se levanta, que queda dando saltos, y él que me pone el cuerpo otra vez, pum, siento su hombro en la cara de vuelta, somos todos felices, jugando al fútbol, todos cuerpos flotando, persiguiendo la nada, un gol, el amor, sos mi hermano, mi sangre, todo bien, pero si me ponés el cuerpo así, te tiro otra patada, un guadañazo, y a la bocha ya no la controlás, la bocha ahora es algo que ya no es de nadie, está suelta en el espacio, rebotando contra el caucho todo poceado de Censi, y yo de alguna manera sé que este pibe es más rápido que yo, que tiene movimientos que yo no tengo, que su pierna en el espacio tiene otra velocidad que la mía, pero también sé que no importa lo que sepa ahora, que lo único que importa ahora es actuar, o me tiro de una, o la pierdo para siempre, así que no lo dudo, ya está, flexiono las piernas, tomo impulso y me tiro, me mando, pego un salto con la pierna estirada en dirección a la bocha, pensando mientras lo hago que la bocha sigue estando donde estaba hasta hace una fracción de segundo, cuando lo único que encuentro ahora es la pierna, la tibia del flaco que se dobla, abajo del peso de mi cuerpo, la pierna del pibe que se dobla como una rama apoyada contra una pared, se tensa al máximo, parece que se va a partir al medio, la rama, mientras yo la aplasto, consciente de que haga lo que haga ya no tengo forma de deshacer lo que estoy haciendo.
Al final al pibe la pierna no se le rompe de milagro.
Él se levanta como para ponerme. Perdoná, le digo yo, sos muy rápido, no te vi. Pero el pibe me empuja. Sos gil, me dice, cómo me venís así. Tiene los puños apretados, los hombros duros. Enseguida tienen que venir los compañeros del equipo a llevárselo.
Durante un rato no voy a marcarlo, porque me tira codazos. Pero después de a poco el asunto se amansa, queda atrás la macana mía, y ahora ya es como si nada hubiera pasado, o como si todo le hubiera pasado a personas distintas.
Cuando termina el partido voy a pedirle disculpas de nuevo.
Está bien, me contesta el flaco, me calenté en el momento, me pegaste en el pie de apoyo, pensé que me quebrabas.
Pero ya está, me mira después, sonriendo: Andá tranquilo.
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Para tomarme el colectivo de vuelta a casa tuve que pasar por la calle del Bocalandro otra vez. El auto de mi vieja estaba estacionado en la vereda. Yo miré las ventanas del hospital. ¿Cuál será la de Jorge?
Había varias; diez, veinte, cincuenta, una al lado de la otra.
Yo estoy todo chivado, pero igual levanto una mano, saludando.
¿En cuál estarás, abuelo? ¿Desde dónde mirarás mi saludo?